jueves, 22 de agosto de 2013

Ansiedad

La ansiedad se ha apoderado de mí.
Varios días sin conciliar el sueño, o más bien, sin que el sueño logre hacer un acuerdo válido conmigo. Despertar cuando aún los rayos del sol no han salido y el frío congela mis pies.
Trago saliva mientras previamente me lamo los labios pues están secos.
Empiezo a sudar al mismo tiempo que  los dedos de la mano se frotan unos contra otros.
Silencio absoluto, es lo que quisiera sentir, pero los deseos nunca se hacen realidad, así que aquellas voces y risas taladran mis oídos, a la par que la desesperación empieza a aumentar.
Cerrar los ojos con esperanzas de que aquellas imágenes distorsionadas desaparezcan, y que los ruidos por más mínimos que sean, dejen de perturbarte.
Querer huir de aquel espacio y tiempo, anularlo, poder estar en mi regazo, sola con mis pensamientos, alejada de todo cuanto pueda alterarme más.
Cada día todos estos síntomas van creciendo, al igual que otros nuevos aparecen. Es la ansiedad, aquella depredadora que va matando a su presa lentamente y sin piedad, hasta acabar con la poca tranquilidad que queda de ella, sin dejar ni siquiera un aliento.

No hay comentarios:

Publicar un comentario