lunes, 15 de julio de 2013

Len...ta...men...te.

Corría, no quería ser alcanzada por aquella turba enfurecida. No se atrevía a descansar pues sabía que iban a atraparla, a enceguecerla, a matarla.
Mientras un pie avanzaba hacia adelante, el otro ya iba siguiendo el paso de su par, sin dar tiempo a la espera,  a la equivocación de poder tropezar.
Agitada y con respiración profunda no tenía tiempo de pensar en lo que había ocurrido unos minutos atrás.


Damián era un chico físicamente promedio al de los chicos de su edad. Lo único que lo distinguía de los demás, era aquella mirada, ojos azules como los de un cristal, que reflejaban todo lo que veía día a día a su alrededor. Cerraba los ojos mientras creaba diferentes realidades a medida que pasaban las horas del día. Sonreía cuando algo agradable y nuevo pasaba por su cabeza, y fruncía el ceño cuando recordaba asuntos amargos del pasado o tal vez de su presente, quién lo iba a saber, ni él lo sabía.


Con la mente en otro lugar del universo, ambos no se daban cuenta que sus vidas estaban a punto de cambiar. Ella chocó con Damián, haciendo que ambos cayeran sobre el suelo, como fichas de dominó desplomadas, causando un efecto irreversible. Como si fueran gotas de agua en una olla caliente, se evaporaron cuando sus ojos se entrelazaron, pero antes, comenzaron a burbujear sobre el aire y penetrándose en la piel del otro se fueron volando, olvidando por completo el pasado turbio que los encegueció por mucho tiempo, así que desaparecieron lentamente, hasta que no quedó ni el rastro de aquellos jóvenes que desafiaron al pasado y ganaron.

No hay comentarios:

Publicar un comentario