sábado, 27 de abril de 2013

Como chocolate

Ella salía un día por la mañana, en el que los rayos del sol se enredaban sobre su rostro y le hacían fruncir el ceño como si hubiera tenido un mal día.
Se disponía a caminar lejos, pues no llevaba dinero en sus bolsillos. La cita con aquel hombre misterioso la ponía nerviosa pero con mucho animo, así que daba pasos agigantados mientras su respiración se aceleraba cada vez más.
Ya estaba cansada y sudando, pensando que jamás llegaría a tiempo- aunque su reloj le decía lo contrario-, pero los pasos largos que daba, mantenían el cuerpo y las ganas firmes.
Mientras caminaba, recordaba aquellas cartas de amor que Thomas le escribía cada semana, cada recuerdo hacía que en ella brotara una sonrisa. Eran cartas con un olor peculiar, pues cuando ella decidió poner la carta en sus labios, como para darle un beso a él a través de sus palabras, sintió un aroma a chocolate, por lo que supuso que en el momento en el que él escribió la carta, estaba cerca de un algún elemento chocolatoso, lo cual la alegró mucho más. Pero no fue solo esa vez. Sucedió en cada momento en que ella recibía una carta de él. El aroma y pasión de cada letra del apasionado Thomas, la volvía loca.
Hizo una pausa abrupta mientras observaba a un hombre que estaba de espalda, al lado de la estatua en la que se habían citado. Llevaba un sombrero negro y se veía con un porte elegante y un poco desesperado, pues miraba su reloj con ansiedad.
Ella pensó 3 veces en seguir el paso hasta donde él se encontraba, titubeando cada vez que iba a continuar, pero al ver que ya había pasado 15 minutos de retraso y que él estaba a punto de irse, corrió con todas sus ganas para alcanzarlo, pero estaba tan cegada, que no vio aquel carro que pasaba la carretera a toda velocidad.
Dio unos giros sobre el aire hasta que cayó con la mirada hacía arriba, un tanto vacía y quieta, mientras que se sentía el silencio penetrante en el aire, como si la nada invadiera por completo todo el ambiente.
Al rededor, mucha gente se acercó para mirar y hablar sobre aquella chica tan joven que estaba tirada sobre el pavimento, mientras que Thomas se acercó a ella y  reconoció aquellos ojos que siempre miraban sus palabras, y con lágrimas en sus ojos, se arrodilló al lado de Enid, cogiéndole la mano, hablándole, suplicándole que se mantuviera allí con él.
Ella, aún respirando, aunque de manera leve, lo reconoció con tan solo sentir las palabras que salían de sus labios rojos como las cerezas. Trató de hablar, de decirle que todo este tiempo había estado amándolo sin conocerlo, pero lo único que salió de su boca fue un suspiro. Todo ese olor a cholocate se había esfumado, como ella.

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